Otra de Monaguillos

Pues esta serie de historias fueron las dichas y desdichas de un cuarteto de monaguillos Saucanos por la gracia de dios:

De como Don Heraclio nos marcó sus manos en nuestras mejillas: 

El cura Don Heraclio era un ecuatoriano que estaba de párroco en Villaescusa, pero coincidió en la época de transición entre Don Ceferino y Don Tarsicio. A mí me gustaba mucho ese cura puesto que la misa le duraba solamente un cuarto de hora; casi tardaba más en decir la misa entera que el padrenuestro. Por lo demás, era una buena persona y parecía muy liberal para ser cura en esa época. Entonces, tomándonos el pie porque nos dio la mano,  no se nos ocurre otra cosa que poner en la sacristía un calendario con una señora en paños menores; claro,  cuando el pobre cura entró y se lo "espetelló" allí enfrente, se le salieron los ojos de las órbitas y no se yo si algo más.  Pero era un hombre muy listo y en vez de enfadarse dijo que estaba muy bien puesto allí el calendario,  y a continuación preguntó  a quién se le había ocurrido una idea tan buena. Mientras tanto nosotros cuatros allí estábamos,  más alucinados que los propios soldados americanos  cuando vieron a su presidente Bush mirando por los prismáticos la guerra desde la lejanía sin quitarle los tapones de los cristales,  y por supuesto que yo, como un pardillo, dije: -el calendario lo ha traído Mané pero lo he colgado yo. Sin dejarme ni terminar la frase, hizo un movimiento con sus brazos de abajo a arriba, cual Jonh Wayne desenfundando su colt, y nos arreó sendos bofetones que aún me esta doliendo la mejilla después de que varios lustros hayan pasado.

De como Don Tarsicio casi se nos muere de un susto:

Era un día laborable, un martes o miércoles no podría recordar con precisión, esa semana nos tocaba dar misa a Mané  y a mí mismo, (y es que el trabajo lo teníamos organizado de la siguiente manera: éramos cuatro monaguillos Ferminito, Jose Maya, Mané y yo mismo "Paquito el de la Chuchi", entonces trabajábamos por parejas, siempre Ferminito - Maya y Mané - Yo ) recuerdo que era una tarde fría y lluviosa de invierno la misa comenzaba a las siete y a esto de las seis y media se fue la luz en todo el pueblo, nosotros dos allí en la sacristía con mas miedo que vergüenza, no sabíamos como vencerlo.

De la sacristía a la cuerda de tocar las campanas hay que cruzar toda la iglesia de punta a punta y había que tocar las primeras, pero a ver quien era el guapo que iba hasta allí a oscuras y con la tormenta que había, al fin nos decidimos los dos, cogimos dos palos grandes que había por allí y nos dispusimos a atravesar la iglesia, cada paso que dábamos susto que te crió, pero al fin conseguimos tocar sin novedad y volver a la sacristía. Y justo allí surgió nuestra idea macabra, de nuestras terroríficas mentes nació la idea de darle un pequeño susto al cura ¿pequeño?.

Don Tarsicio solía llegar siempre entre las primeras y las segundas campanadas, así que nos pusimos en guardia para que se llevara seguramente la sorpresa mas desagradable de su vida y la cosa fue así: en la sacristía había un armario grandísimo donde se guardaban todos los "trajes" del cura, dicho armario tenia cuatro puertas por cada cual  cabíamos perfectamente cualquiera de nosotros, también había por allí un brazo de madera de un santo el cual estaban arreglando, ese brazo terminaba en un puño abierto, un hueco lo justo para empuñar una gran cirio, pues bien, estas eran las herramientas de las que disponíamos, ahora solo cabía esperar a que el cura abriese la puerta de la iglesia, lo que sucedió al cabo de unos minutos, nosotros dentro del armario nos dispusimos a prender la mecha del cirio a la vez que oíamos avanzar con sonoros pasos al pobre Don Tarsicio que en unos instantes apareció a la sacristía con una velita en la mano.

- ¡¡Jose Manueeelll!! ¡¡Paquitoooo!!, ¿donde se habrán metido estos diablo? 

En ese momento abrió el armario y se encuentra con una túnica morada que escondía un brazo el cual sujetaba un gran cirio encendido y ¡zas! el pobre cura que se nos cayó redondo al suelo, ahora venia el susto para nosotros se nos fue todo el miedo de un golpe y salimos a la calle a pedir ayuda sin darnos cuenta que había unas señoras ya en la iglesia y fueron a socorrerlo, le echaron unas gotas de agua en la cara y volvió en sí.

Ese fue el último día de mi carrera de monaguillo,  me dio el despido y una par de bofetones como finiquito. 

Pero después de todos esto continuamos teniendo buena relación , y por eso he escrito este breve relato, va en su memoria.

Paco Medina ©