14/04/2004
Veinte
horas delirantes
Irene Gómez
La masacre de Madrid empieza a
exhibir el rostro humano. Tras cada uno de los números que dimensionan el
atentado hay una tragedia familiar, como la que ha truncado la vida de
Rodolfo Benito Samaniego y todos los que le querían. En su caso el dolor
se ha trasladado a Fuentesaúco, donde viven tíos y primos del joven de
27 años. Rodolfo era hijo de Conchita Samaniego, nacida en la villa
saucana. Su hermano Alejandro relata las delirantes veinte horas que
pasaron hasta que identificaron el cuerpo, enterrado ayer en Alcalá de
Henares.
Rodolfo tomó el tren de la muerte. No fue
casual. El 11 de marzo, como cada día, salía a las siete y media de casa
para coger el cercanías hasta Madrid, donde trabajaba como ingeniero
superior industrial especializado en técnicas energéticas en la empresa
Ghesa, para la que hacía cálculos sobre tiros de chimeneas para
centrales térmicas de ciclo combinado. Fue su último viaje. Rodolfo
Benito Samaniego es una de las ya 200 víctimas que perecieron en el
atentado terrorista del 11-M, si de simplificar se trata.
Poco después de que el vagón en el viajaba saltara por los aires,
Alejandro acudía a su trabajo en Leganés en su propio vehículo,
escuchaba en la Cadena Ser el primer flash informativo. Iñaki Gabilondo
informaba de unas explosiones en Renfe, «y yo lo primero que pensé era
en lo del AVE, porque como habían puesto bombas otras veces». Quien
relata la vertiginosa peripecia humana en busca de Rodolfo es su hermano
Alejandro, catorce meses mayor y desde aquel infame 11-M sometido a la
condición de hijo único. Dos minutos después de la noticia de alcance
llegó la terrible ubicación. Las bombas se localizaban en el tren de
cercanías que hace la línea desde Guadalajara y para en Alcalá de
Henares. Una marea humana salía de los vagones en las inmediaciones de
Atocha. En ese momento Alejandro activó el manos libres para llamar a su
hermano y durante veinticinco angustiosos minutos continuó intentándolo.
Entonces contactó con su padre y su tío, y a partir de ese momento
«establecimos un plan de acción», que llevaría a éstos últimos hasta
la estación de Atocha mientras Alejandro llamaba a la empresa de su
hermano, donde ya tenían noticias de lo que estaba pasando en el corazón
de Madrid. El cerco se fue cerrando, y las sospechas de que Rodolfo había
quedado atrapado en la ratonera del terror cada vez tomaban más forma.
Alejandro se dirigió entonces hacia la estación de Santa Eugenia
intentando avanzar entre un Madrid caótico, enloquecido por las sirenas
de las ambulancias, los coches policiales, el pánico de la gente.
«Entendí que las explosiones se habían registrado en Atocha y Santa
Eugenia, no sabía lo del tercer tren en El Pozo y la calle Téllez». El
hermano de Rodolfo se encontró las inmediaciones de la estación de Santa
Eugenia acordonadas por la policía, no le dejaban acercarse. «En ese
momento el único objetivo era evacuar heridos, llevarlos a los
hospitales. Allí nadie informaba», recuerda ahora Alejandro, momentos
después de enterrar a su hermano. Así que recopiló teléfonos de los
hospitales, trató de obtener información sobre listas de heridos, llamó
al 112... Ninguna gestión tuvo éxito. Todo estaba colapsado y como
aquello era un caos y no lograba saber nada de su hermano decidió
trasladarse a Atocha, consciente de las dificultades y en medio de una
conducción caótica. «Dejé el coche en cualquier sitio y cuando
llegué, sobre la una de la tarde, ya estaban montando el hospital de
campaña. Localicé a mi padre y a mi tío, después me fui a Alcalá para
ver a mi madre, que estaba con una amiga». A esa hora la desesperación
crecía, no sabían nada de Rodolfo y tampoco su novia, Ana, que se
incorporó al fortín familiar para vivir todos unidos tan desesperantes
momentos. Habían pasado más de seis horas desde la tragedia en los
trenes de cercanías y ni una noticia de Rodolfo. «Sabíamos que algo
había pasado, pero te agarras a la esperanza», relata Alejandro con
admirable entereza.
Entre tanto, su padre y su tío se habían trasladado al Ifema, donde se
instalaba el cuartel general para informar sobre las víctimas. Los
padres, el tío, su novia Ana, su hermano. Todos hechos una piña en busca
de noticias. Sobraban manos, voluntarios, psicólogos, enfermeros... Pero
faltaba la noticia que deseaba escuchar la familia Benito Samaniego.
Querían saber de Rodolfo, luchaban contra el tiempo, que cuanto más
corría más cegaba las esperanzas de encontrarlo con vida.
Esa tarde, cuando el común de los mortales se pegaba absorto a
televisiones y radios, y observaba dolorido la magnitud del atentado
terrorista, Alejandro, su padre, su tío, la novia de Rodolfo y los
amigos, iniciaban un mareante periplo por hospitales y comisarías de
Madrid en busca de información.
«Nunca piensas que te va a tocar»
Se movilizó a los amigos del joven ingeniero para que peinaran los
centros sanitarios y a la vez cumplían dolorosos trámites, eficaces para
identificar a las víctimas. Hicieron así la declaración ante la
Policía Científica sobre los rasgos físicos de Adolfo, la ropa que
llevaba, enseres... «El trato fue correcto y sensible», recuerda
Alejandro.
A las diez de la noche el pabellón de Ifema era ya un espanto.
Desplazaban a los cadáveres, continuaba el goteo de familiares
desesperados y los miembros del Samur comunicaban por megafonía los
nombres de los muertos que se iban identificando. La familia Benito
Samaniego no quería pasar por ese trance. A la una y diez de la madrugada
alguien avisó a Alejandro y a la novia de Rodolfo de que les iban a
llamar para identificar el cuerpo. «En esos momentos deseas que haya un
error». Pasó lo que en el fondo todos temían. A las cuatro y media de
la madrugada ambos vieron el cuerpo de Rodolfo. Una tragedia de tal
magnitud envía un golpe detrás de otro. Y el siguiente era
comunicárselo a los padres.
Adelantaron la noticia al tío y al padre. Siempre con psicólogos y
enfermeros atentos para ayudar. Luego a la madre. Intentaban estabilizar
la situación. Se quedaron allí todos hasta la madrugada. Golpeados,
doloridos, enrabietados y cansados después de una delirante jornada.
Habían pasado veinte horas desde las ocho de la mañana de aquel 11-M
simplificado para la historia de la infamia.
¿Y ahora qué?. La familia trata de «afrontar la situación de la manera
más íntegra posible», dice el hermano de la víctima con el cuerpo aún
caliente de Rodolfo, que ayer recibió sepultura en el cementerio de
Alcalá de Henares. Hasta allí se desplazaron los familiares zamoranos
del joven, los hermanos, sobrinos y primos de Conchita Samaniego, una hija
de Fuentesaúco que de forma tan involuntaria ha llevado el dolor hasta
ese rincón de La Guareña. La muerte de Rodolfo en el atentado terrorista
revolcó la tranquilidad del pueblo. Sólo algo más, porque la desmesura
y vileza de los asesinos cercenando la vida de doscientas personas y
mutilando a más de mil familias ha provocado el unánime rechazo de la
sociedad. La familia Benito Samaniego se ha enterado de refilón de la
marea solidaria que ha recorrido España. Ellos, como todas las víctimas,
estaban a otra cosa; a digerir el golpazo, a reforzar la fragilidad humana
para amortiguar la pérdida de uno de los suyos por el capricho de unos
desalmados.
«Nunca piensas que te va a pasar» comenta Alejandro, a pesar de que la
violencia terrorista dejó viuda a una prima de su padre en el atentado de
ETA en Vallecas, hace unos años. «Desde entonces, aunque no tengamos
mucha relación, estás más sensibilizado. Pero nunca llegas a imaginar
que te va a tocar tan de cerca». Ellos han perdido al hijo, al hermano,
al novio casi de toda la vida -Alejandro llamaba a su cuñada
"hermana Ana"-, al amigo. Quieren recuperar la normalidad «lo
antes posible», pero sin olvidar a Rodolfo. Que el recuerdo de su hermano
sea «un merecido homenaje, quiero dar el cien por cien por él». Como
Rodolfo lo había dado en vida. En estos momentos su máximo objetivo era
sacar las oposiciones para dar clase de Matemáticas en un Instituto. «Se
levantaba a las seis y media de la mañana y le podías ver por la noche
hasta las dos y media estudiando», cuenta el hermano. «Valía para
trabajar en la investigación, tenía un perfil de alto rendimiento».
Rodolfo era un chico inteligente -nunca supo lo que era estudiar en
verano-, tenía una novia desde hace siete años aunque se conocían desde
hace trece. Ana le ha escrito una emotiva carta de despedida al
«incansable luchador». Deportista militante, una lesión de rodilla le
obligó a abandonar el yudo cuando ya era cinturón negro. Seducido por su
novia, hizo el Camino de Santiago y este año fue el mejor asesor de sus
padres, que se embarcaron también en la aventura peregrina. Las pasadas
navidades habían frecuentado Zamora por una enfermedad de la abuela
materna, que la mantuvo un tiempo en el Virgen de la Concha.
Toda esa explosión de vida se vio truncada cuando Madrid amanecía esa
mañana del 14 de marzo envuelta en bombas. Y a su multitudinario entierro
se sumó ayer el coordinador general de IU, Gaspar Llamazares; o Antonio
Gutiérrez, ex secretario general de CC OO, y otros relevantes políticos
y sindicalistas que quisieron acompañar a Rodolfo Benito, tío del
fallecido y ex número dos de CC OO, en tan doloroso momento.
Lloraron la muerte de Rodolfo, uno de los doscientos de la lista negra que
diseñaron los asesinos. Qué importa quiénes. «Ese debate no nos
interesa».
Carta de Ana a Rodolfo
Para Rodo:
"Cada mañana bostezas y amenazas al despertador y te levantas
gruñendo cuando todavía duerme el sol".
Por qué no empezar con una canción, cuando todos los que le conocemos de
cerca sabemos que su vida era música, que su chiste preferido y en el que
más maña ponía era el del niño cantor que siempre estaba dispuesto a
tatarearte algo si alguien le ayudaba un poco con la letra.
Rodo es un incansable luchador un inconformista incapaz de sentarse en un
sillón a perder el rato si podía estar ideando algo, diseñando algún
invento, dando vueltas con su bici (Babieca) o con cualquiera de sus
herramientas haciendo algún cacharro (generador calórico) o algún
mueble útil para rellenar un hueco.
Deja, y todos lo sabemos, el hueco tan terrible que puede dejar una
persona que era un número uno en todo:
? En su familia: el niño pequeño, el bromista, el imitador, el
malabarista...,
? Con sus amigos: el inventor de palabras entre fibra sensible y nervio
flojo solo había un paso - el activo, el del chiste fácil.
? Con sus compañeros de trabajo: tan correcto, sonriente, educado en las
peticiones, trabajador, dispuesto a quedarse hasta cualquier hora para
terminar algún marrón o echarle una mano a alguien.
? Conmigo, con su amor: de los paseos largos las manos entrelazadas, las
caricias tiernas, los cuidados, toda la complicidad de una vida
aprendiendo todos juntos, la facultad, el trabajo, la convivencia,
aprendiendo AMAR.
Rodo se ha ido deprisa y nos ha dejado la puerta abierta y así nos duele
su marcha, trataremos de recordarle imitando a Raphael, corriendo,
haciendo judo, hablando de su rodilla, probando un buen vino, dando besos
a la abuela, comiendo el bollo de su tía, el sandwich de mamá y hablando
tolerante y receptivo con cualquiera.
Para el amor que dejamos hoy sólo nos queda el silencio y la convicción
de que desde anoche una estrella brilla más en el cielo y que nos mira
con sus ojos tintineantes mandándonos su amor.
Todos los de aquí y más, te queremos.
Porque aún se podrían decir mil cosas pero nos faltan las palabras
aunque nos sobren los motivos.
Rodolfo Benito Samaniego en
esta humilde pagina de Fuentesaúco estarás siempre presente, como todos
los asesinados que contigo perecieron. |